24 marzo, 2026

DE LA CEGUERA A LA VISIÓN

Al salir Jesús a escondidas del Templo en la ciudad de Jerusalén, ya que los fariseos y otros que oyeron su mensaje lo querían apedrear. En su caminar encontró a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Rabí, para que éste hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, este o sus padres? -Jesús respondió- ni el, ni sus padres, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida” (Juan 9:1-3). En seguida Jesús tomando tierra y su saliva lo puso sobre los ojos del hombre y lo envió a lavarse en el estanque de Siloé, el ciego obedeció y después de lavarse pudo ver por primera vez. Un milagro sorprendente, pero el hombre ya no encontró al Rabí sino posteriormente Jesús lo encontró después que los fariseos lo expulsaron del Templo y le preguntó: ¿Crees en el Hijo del Hombre? —¿Quién es, Señor? Dímelo, para que crea en él? —Pues ya lo has visto —le contestó Jesús—; es el que está hablando contigo. —Creo, Señor —declaró el hombre. Y, postrándose, lo adoró. Entonces Jesu dijo: —Yo he venido a este mundo para hacer justicia, para que los ciegos vean, y los que ven se queden ciegos (35-39).

Lo que expresó Jesús a sus discípulos y a la posteridad de creyentes en Él, es maravilloso. En esta declaración hay promesas, la primera es que Jesús es el único juez para juzgar a los seres humanos; la segunda es: los ciegos que viven en tinieblas espirituales vean la realidad que Jesús ofrece, la salvación del alma. El único que puede librar de las tinieblas al espíritu es Jesucristo, no la religión, ni los religiosos, ni los santos varones o santas mujeres. Los hombres y mujeres de cualquier raza o nación que creen que están bien de su visión espiritual quedarán ciegos por su necedad, prepotencia religiosa y no desear ver la verdad que Jesús ofrece por medio de su evangelio, la salvación y vida eterna.

Lee Evangelio de Juan 9:1-34

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