MUERTE A LAS OBRAS PECAMINOSAS
Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es el de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán.
Carta a los Romanos 8:12-13
Hagamos morir las obras pecaminosas del yo carnal o humano. Hay un término teológico significativo: “Mortificación”. La mortificación es importante. Estamos familiarizados con términos similares como: funeraria, mortuoria y mortalidad; están involucradas con la palabra muerte.
La mortificación es matar las obras pecaminosas, algunas de ellas han creado hábito en nosotros. La mortificación significa dar muerte a las malas obras del pecado: con los ojos, la lengua, manos, pies, oídos, etc., que sirven a la práctica del pecado y no a Jesucristo y nuestro testimonio en favor de Él.
La mortificación no es masoquismo, el cual es infligir dolor a uno mismo. La mortificación no es ascetismo, lo que significa negarse a ciertos placeres físicos dentro de las normas de la fe cristiana. La mortificación es rechazar la práctica de pecar. La mortificación es dar muerte al pecado esclavizante. El escritor John Stott comenta: “Hay una especie de vida que conduce a la muerte y hay una especie de muerte que conduce a la vida.” La mortificación del pecado lleva a la vida. Algunos ejemplos de pecados a los que debemos dar muerte: crueldad al hablar, palabras obscenas, mentira o engaño, chisme, lujuria, pornografia, pecado sexual, adulterio, egocentrismo, avaricia, pereza, glotonería, borrachera, ira, venganza, maltrato a la familia, manejar vehículos de manera irresponsable, robar, adicciones, etc.
Matemos las obras malas del cuerpo y de la mente. Por eso la Palabra de Dios, dice: “Por el Espíritu has morir las obras de la carne.”
Lee Romanos 8:12-16