Jesús de Nazaret fue un excelente misionero. Desde muy joven les dijo a José y Maria y a los escribas del Templo en Jerusalén: “En los negocios de mi Padre me conviene estar” (Lucas 2:49). Posteriormente ante la mujer de Samaria, les dijo a sus discípulos: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió” (Juan 4:34). Y también dijo a sus discípulos: “Como me envió el Padre, así también yo los envió” (Juan 20:21).
La palabra misionera no aparece en la Biblia o en el Nuevo Testamento. La idea y la acción si están implícitas. La palabra misionera viene del idioma latín y significa “uno que es enviado”, y la palabra apóstol, traducción al idioma griego, significa lo mismo. Es indiscutible, Jesús tenía un quehacer misionero, al leer los evangelios uno lo comprueba. Un solo pasaje nos dice de ese quehacer misionero: “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes tuvo compasión de ellas…” (Evangelio de Mateo 9:35-38).
Jesús buscó otros lugares en donde predicar, enseñar y sanar enfermos (Evangelio de Marcos 1:37-38). No se limitó solamente a cierto lugar. Es por eso la urgencia que tenemos como iglesia o como cristianos de buscar oportunidades misioneras, ir a otros lugares para compartir con la gente el evangelio de Jesús, o dar ofrendas para apoyar esta obra o apoyar a una familia misionera en su trabajo entre las etnias de México o en otros países donde están radicando o pronto se irán; cuando vean el compromiso de los fieles seguidores de Jesucristo.
Lee Mateo 4:18-20
